Espiritualidad, competencia y liberación
Luis G. Collazo
La intención de este escrito es proponer algunas pistas para la reflexión fecunda sobre el tema que abordamos. Es preciso abordar este tema insertándose en el contexto particular de nuestra vida cotidiana y nuestra “ciudadanía global”. Así que inicio esta reflexión con el seis montuno “Allá en la Altura”:
ALLÁ EN LA ALTURA
(Seis Montuno)
Autor: Francisco Roque Muñoz
Yo tengo en la serranía
Una finca bien sembrada
Desde malanga morada,
Ñame, plátano y yautía
Es por que al salir el día
“Seguida” cojo el arado
Ya el terreno preparado
Señores yo lo cultivo
Así de feliz yo vivo
Mejor que un adinerado.
Un jacho de tabonuco
Yo tengo para alumbrarme
Para mi finca cuidarme
También tengo un perro tuco
Si yo no conozco el truco
Del aire acondicionado
Pues la natura me ha dado
Esa brisa fresca y pura
Y yo vivo aquí en la altura
Mejor que un adinerado.
Por estufa es un fogón
Que yo aguijono con leña
Como mi casa es pequeña
No tengo televisión
En mi estrecha habitación
Yo vivo cual abogado
Pues escucho en el tejado
Señores a la paloma
Y yo vivo aquí en la loma
Mejor que un adinerado.
En mi casa de madera
Gran lujo yo no poseo
Porque vivo a mi deseo
Lejos de la carretera
Ya mi esposa y compañera
Me brinda cierto cuidado
Que importa si se ha acabado
El petróleo o gasolina
Sí yo vivo en la colina
Mejor que un adinerado
La letra “Allá en la Altura” nos reta a mirar críticamente esa modernidad que impactó el ethos colectivo. Esta lectura crítica de los iconos y paradigmas de una sociedad determinada por el consumo y el mercantilismo provoca que se piense en el contraste entre una existencia donde la persona queda definida por las fuerzas y estereotipos que la sociedad moderna le impone y, de otro lado, una existencia que se resiste a ser definida desde una perspectiva consumista y deshumanizante de la vida.
Esta lectura crítica de la modernidad como realidad que golpea la espiritualidad y la auténtica competencia humana, la encontramos en el pensamiento latinoamericano, identificado con lo que se conoce como teología de la liberación. En el teólogo peruano Gustavo Gutiérrez se inserta esta idea que enmarca la espiritualidad y la liberación en un contexto de opresión y deshumanización:
El movimiento histórico centrado en el proceso de liberación constituye, en verdad, el territorio en el que se da la experiencia espiritual de un pueblo que afirma su derecho a la vida. Ese es el suelo en que echa raíces su respuesta al don de la fe en el Dios de la vida. La pobreza, que significa muerte para el pobre no es ya motivo de resignación a las condiciones de la existencia presente, ni tampoco desaliento para sus aspiraciones.1
Adopto aquí la idea, siguiendo a Gutiérrez, de que “espiritualidad es vida”; como bien se señaló en discusiones publicadas en “Spirituality for Today” (1967) Las ideas de Gutiérrez nos permiten pensar que la espiritualidad implica la superación de la resignación, para proyectarse como resistencia, como protesta, como posibilidad de liberación,
Otro de los pensadores latinoamericanos que asume una postura crítica ante la realidad histórica que aniquila las grandes potencialidades humanas, es Paulo Freire. En su libro La educación como práctica de la libertad, Freire nos describe esa realidad depredadora del espíritu y la dignidad humana:
Pero, desgraciadamente, vemos cada vez más –con más fuerza aquí, menos allí, en cualquiera de los submundos en que el mundo se divide- al hombre simple, oprimido, disminuido y acomodado, convertido en espectador, dirigido por el poder de los mitos creados para él por fuerzas sociales poderosas y que, volviéndose a él, lo destrozan y aniquilan. Es el hombre trágicamente asustado, que teme la convivencia auténtica y que duda de sus posibilidades.2
Freire acertadamente insiste en que esa realidad polarizante y discriminatoria genera en el ser humano “la duda de sus posibilidades”. Es precisamente esta realidad opresiva la que atrofia y paraliza la espiritualidad y anula la competencia humana.
La vida auténtica es aquella donde hay espacio para la plenitud de nuestras posibilidades. Una realidad que nos define como “cosas”, “objetos” y “sujetos del mercado”; “instrumentos de producción”, representan esencialmente la más evidente violación de la dignidad humana y los derechos humanos.
El camino de la espiritualidad, desde la perspectiva del proceso de liberación, nos conduce a la plena competencia humana contextualizada en la realidad histórica. En la publicación “Spirituality for Today” se señalaba que espiritualidad significa “la búsqueda de sentido y significación por medio de la contemplación y la reflexión en torno a la totalidad de la experiencia humana en el contexto del mundo” (1967). Gustavo Gutiérrez también concurre con esta visión cuando señala que:
Toda gran espiritualidad está ligada a los grandes movimientos históricos de su época. Este lazo no significa de ningún modo una dependencia mecánica, pero seguir a Jesús es algo que cala hondo en el devenir de la humanidad.3
La espiritualidad no se da alienada de la realidad histórica. Es en sí una respuesta a los desafíos cotidianos de la vida. La espiritualidad constituye un encuentro con nuestra conflictividad a su vez la plataforma vital para nuestras utopías.
Las propuestas para una espiritualidad, vinculada a la competencia humana y a la liberación, nos proponen múltiples opciones que muy bien nos permiten precisar opciones pedagógicas.
Viktor Frankl nos ofrece la justificación para emprender una tarea pedagógica desde la espiritualidad. En su excelente libro En el principio era el sentido, de manera sencilla y precisa nos señala:
Y ahora comprenderán, volviendo al punto de partida, la trascendencia que adquiere el hoy tan extendido sentimiento de falta de sentido. Una persona que desconoce cuál es el sentido de su vida no sólo es infeliz, sino que es incapaz de vivir.4
Se trata entonces de que la vida, la historia, el espacio, el tiempo y el futuro tengan “sentido” en el marco de la existencia. Afirmamos la espiritualidad porque creemos en la vida, en la integridad y la dignidad de la vida. El gran proyecto debe originarse en una antropología que perciba al ser humano como un ser espiritual, racional, ciudadano de la “aldea global”.
En un libro titulado La resistencia, Ernesto Sábato nos deja como testamento para los que nos ocupamos del oficio de enseñar, la siguiente reflexión:
Gandhi llama a la formación espiritual, la educación del corazón, el despertar del alma, y es crucial que comprendamos que la primera huella que la escuela y la televisión imprimen en el alma del chico es la competencia, la victoria sobre sus compañeros, y el más enfático individualismo, ser el primero, el ganador. Creo que la educación que damos a los hijos procrea el mal porque lo enseña como bien: la piedra angular de nuestra educación se asienta sobre el individualismo y la competencia.5
Sábato se acerca a la “competencia humana” con un acento crítico en la medida que esta responde a los paradigmas de una sociedad profundamente marcada por la preponderancia, el éxito, el abuso de poder y el culto al “elitismo”. Debemos, sin embargo, mirar la competencia humana como una posibilidad de humanizar y adelantar una “Cultura de Paz”.
La espiritualidad es la perspectiva desde donde la competencia humana contribuya a la humanización y la liberación del opresor y el oprimido; del prepotente y del humillado. El escenario de la sala de clases es, donde se reúne “la comunidad de aprendizaje”, debe ser el espacio sagrado para proponer y facilitar esta perspectiva.
Debemos propiciar una espiritualidad que se encarne en la responsabilidad y la solidaridad. La competencia humana debemos justificarla y caracterizarla a partir de estas perspectivas axiológicas.
En uno de sus recientes libros, En esto creo, Carlos Fuentes se refiere a esta perspectiva afirmando:
Agnes Heller, la filósofa de origen húngaro, escribe que la ética es asunto de responsabilidad personal, la responsabilidad que tomamos en nombre de otra persona; nuestra respuesta al llamado del otro. Toda ética culmina en una moral de la responsabilidad: somos moralmente responsables de nosotros y de los demás. Sin embargo, ¿cómo puede una sola persona hacerse responsable de todas? Esta es la pregunta central de las novelas de Dostoyevski.6
La competencia humana a partir de una espiritualidad plena, debe ser praxis cotidiana de responsabilidad y solidaridad. En esa misma perspectiva, Fuentes, nos permite mirar el vínculo de espiritualidad, competencia y liberación humana cuando señala,
Si el amor es ese río que fluye y mantiene la vida, ello no significa que el amor y sus atributos más preciados –el bien, la belleza, el afecto, la solidaridad, el recuerdo, la compañía, el deseo, la pasión, la intimidad, la generosidad, la voluntad misma de amar y ser amados- excluyan lo que parecía negarlo: el mal.7
La espiritualidad tiene en sí la posibilidad de constituir el esfuerzo humano en un proyecto colectivo de integración humana, reconciliación planetaria-, la integridad de la Creación y liberación histórica.
Laura Esquivel en su Libro de las Emociones nos decía,
Veamos qué tan “sano” es esto. Dentro del mundo de la competencia, de entrada, es indispensable demostrar que uno “sabe”, que “puede” y que “es mejor” que los demás. Y la forma de lograrlo es anulando y devaluando los logros del de junto. De esta manera, automáticamente nos colocamos en una posición de superioridad. Por supuesto, este acto exige una desconexión emotiva de nuestro compañero de trabajo.8
Lo que hoy debemos provocar al interior de nuestros currículos y métodos de enseñanza es que la competencia humana está en demostrar: “que yo sólo sé que no se nada”; que “soy” sólo en la medida que amo al prójimo y, que la “superioridad”, la preponderancia son la negación de la dignidad y de la vida en comunidad. Una espiritualidad que adelante la solidaridad constituye el camino auténtico de la competencia y la liberación humana y planetaria.